Memoria histórica de un conflicto vivo


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Cuando hablamos de memoria histórica a menudo nos situamos en un plano a posteriori, un momento en el que un determinado conflicto hace años que terminó y algunas heridas han empezado a cicatrizar. En muchos casos tienen que pasar décadas e incluso algún que otro siglo para que se empiece a trabajar a fondo y se encaren los hechos desde todas sus perspectivas, en otras pero, pro la propia idiosincrasia de la situación, el trabajo de memoria corre paralelo a la propia historia.

10 de enero de 1992 – Periódico “El Tiempo”

CRECIÓ VIOLENCIA EN MEDELLÍN: 7.081 CRÍMENES EL AÑO PASADO

Corría el año 1990 cuando Medellín fue declarada la ciudad más peligrosa del mundo, una ciudad en manos de los narcotraficantes y fortín del criminal más poderoso del país: Pablo Escobar.

Para situarnos en el contexto histórico del momento e intentar entender como se llegó en este punto hace falta ir un poco atrás y considerar los cambios que experimentó la ciudad durante la década de los setenta y ochenta.

Hasta la primera mitad del siglo XX, Colombia había estado un país mayoritariamente rural y no fue hasta los años cuarenta que los procesos de urbanización se intensificaron. La crisis agraria, los desequilibrios regionales, la industrialización, el auge del comercio y los servicios, la presión demográfica al campo y la violencia política (desplazamientos forzados) configuraron las condiciones para el inicio de un éxodo rural y una re-ubicación de la población [1]. En términos relativos la población urbana pasó de constituir el 29% de la población a ser el 75% en poco menos de cinco décadas (1938-1992). [2]

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Imagen 1: Evolución de la población rural y urbana colombiana entre 1938 y 2005. Fuente: https://estudiosdemograficosyurbanos.colmex.mx/index.php/edu/article/view/1400/1928

Así durante los años setenta, la ciudad de Medellín experimentó una fuerte ola migratoria que desbordó tanto las instituciones locales como las estatales y que fue acompañada por una crisis industrial que generó una alta tasa de desempleo y paralelamente un reforzamiento de la economía ilegal (controlada por narcotraficantes independientes).

A falta de un plan estatal eficiente para garantizar y posibilitar una urbanización controlada se empezaron a generar dinámicas urbanísticas excluyentes (urbanizaciones cerradas) que unidas a la inestabilidad política de la propia ciudad (cambio frecuente de alcaldes, recursos insufiientes, …) generaron una condiciones óptimas de vacío de poder.

La misma ciudad quedó dividida en dos zonas: los barrios de urbanización planificada (Ostrabanda, al lado occidental del río Medellón) y las grandes areas de la ciudad (principalmente al norte) donde se construyeron “ilegalmente” o sin la necesaria planificación urbana y ambiental, las viviendas, las calles y la red de alcantarillado. La mayoría de estas casa se situaron pues en las laderas de las montañas (Medellín queda situada en un valle) y tuvieron poca cobertura y baja calidad de servicios domésticos, educativos y de salud. [3]

A principio de los años ochenta, los problemas de se habían ido incubando durante las décadas anteriores se desbordaron y Medellín fue testigo silencioso de la precariedad traducida en un aumento insostenible de la población, un alto nivel de paro, pobreza, debilitación institucional, corrupción, incremento del narcotráfico e intensificación de la violencia, personalizada en la figura de los sicarios y de los grupos de autodefensa. El secuestro, la extorsión, el homicidio, la masacre, los ataques con explosivos y las fronteras “invisibles” pasaron a ser parte del paisaje urbano y del día a día de sus ciudadanos.

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Imagen 2: “Comuna 13” de Medellín, sede de los sicarios de Pablo Escobar. Uno de sus barrios lleva aún su nombre. Fuente: https://www.infobae.com/america/colombia/2018/07/15/comuna-13-la-cuna-de-sicarios-de-pablo-escobar-que-no-logra-escapar-de-su-espiral-de-violencia/

Es en esta década que el cartel de Medellín empezó a ser conocido a nivel mundial y cuando se inició oficialmente la guerra del narcotráfico contra el estado colombiano. Así empezaron los asesinatos de policías, políticos, jueces, magistrados, periodistas y civiles, haciendo que el conflicto saliera de los círculos del narcotráfico y se convirtiera en un conflicto a nivel de estado. La ciudad de la eterna primavera, nombre con el que se conoce Medellín, se convirtió en sede de múltiples violencias de procedencia diversa (guerrillas, paramilitares, milicias, sectores de las fuerzas públicas, narcos, bandas de delincuentes) que dificultaron en gran medida la diferenciación y caracterización del fenómeno de la violencia, además el país vivió diversos estados de excepción en un periodo corto de tiempo.

El 2 de diciembre de 1993 significa un punto y a parte en la historia de cartel de Medellín: su líder y criminal más buscado del mundo, Pablo Escobar, es abatido por la policía en un tejado de una casa de dos plantas de un barrio de clase media da la propia ciudad. Con su muerte el narcotráfico de Medellín deja de ser un negocio de estructura centralizada y después del debilitamiento prematuro que sigue la perdida del líder, se reorganiza a nivel de células de barrio que tan solo buscan el beneficio económico de la droga y no la guerra institucional.

Durante todos los años de violencia extrema, la población no se quedó de manos cruzadas, dentro de la dificultad inherente de vivir entre narcos y sicarios, la sociedad civil encontró la manera de emprender diversas acciones basadas en programas y actividades con tal de construir estrategias para sobreponerse y fortalecer la esperanza. A la vez, la Consejería Presidencial por Medellín y su área metropolitana integró proyectos de base, organizaciones privadas, cooperación internacional e instituciones públicas para crear programas que ofrecieran a la población, y en especial a los jóvenes, perspectivas de futuro. Música, danza, literatura, comparsas de teatro, pintura, poesía, graffiti, cultura… se transformaron en símbolos de resistencia.

Fruto de la persistencia social y de la colaboración con las instituciones públicas, que ahora sí, tenían más poder y recursos (el estado colombiano financió buena parte de las mejoras de infraestructura), la ciudad de Medellín inició una transformación que a día de hoy ha conseguido no solo que la imagen internacional de la ciudad haya mejorado considerablemente, sino que sus propios ciudadanos hayan podido beneficiarse del salto cualitativo que ésta ha experimentado, desde infraestructura y movilidad hasta servicios sociales.

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Imagen 3: Metrocable de Medellín, una de las mejoras en movilidad más visibles de la nueva etapa de la ciudad. Estos funiculares están integrados en la red de transporte público y permiten la movilidad entre las laderas de las montañas y el centro de la ciudad. Fuente: Camilo Sanchez at English Wikipedia

En el marco de estas mejoras encontramos el museo “Casa de la memoria”, un primer paso en la interiorización de la historia reciente de la ciudad, un memorial a las víctimas del narcotráfico y la violencia política, y un intento de empezar la gran y difícil tarea de hacer memoria histórica de un conflicto que a pesar de haber reducido su impacto social a nivel de violencia, sigue intensamente vivo, y lo seguirá siendo mientras la demanda mundial de droga, y en especial de cocaína, no disminuya o su consumo sea reconocido en el marco legal.

El museo está divido en dos plantas: la primera incluye la descripción del conflicto y la contextualizan histórica, una recopilación de testigos y material audiovisual. En la segunda encontramos una parte más personal e introspectiva, un dialogo entre testigos y victimas de la violencia y la definición de conceptos como reconciliación, memoria, conflicto, etc.

A pesar de ser un espacio relativamente pequeño y único en la ciudad, la Casa de la Memoria consigue asentar los fundamentos de cualquier proceso de memoria histórica, emfatizando en el papel de la población como pieza central de las consecuencias del conflicto, tanto en el papel de víctima como en el de agente impulsor del cambio, y en su capacidad para decidir el futuro.

Rosa M. Torrademé

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