Culturas europeas, cultura mestiza


Català

Nos encontramos en un momento en el que la cultura, las culturas, la identidad, las identidades, la tradición, las tradiciones están jugando un papel clave en el planteamiento político a nivel mundial. El sentimiento de pertenencia puede llevarnos a una cultura parodiada, en lugar de reivindicar unas culturas plurales, ricas y libres. Y hoy nos queremos fijar en eso, en el singular y en el plural de la cultura, las culturas.

Había pensado en titular el artículo Europa Andalusí, pero hubiera tenido que dar demasiadas explicaciones, ya que la adjetivación no se debería entender como el poder de una religión sobre otra, sino con el nombre de un período cultural renacentista en el que desde la península ibérica se tradujo la filosofía clásica y se creó de nueva, permitiendo, después, el renacimiento (que conocemos y reconocemos) y la filosofía moderna en la que identificamos Europa. Y tampoco queríamos que se pensara que hacíamos una lectura Idílica de un período histórico, que a nivel político tuvo los mismos lamentables ingredientes de sus coetáneos: guerras, desigualdades, esclavitud… Pero en lo que nos queremos fijar son en las consecuencias de ser cruce cultural.

Y es que la península ibérica es un buen ejemplo de la cultura y de las culturas. Antes de todo, hacemos mención a la historia contada, que es, básicamente, la de guerras y hazañas. La guerra nacional es aquella icónica, plástica y heroica en la que hay unos malos, que son siempre los otros, y unos buenos, que somos siempre nosotros. Pero en realidad, la guerra, es feroz y cruel para quien la padece, una máquina de propaganda cultural que te permite matar a tu enemigo después de simplificarlo, deshumanizarlo y convirtiéndolo en tu otro. En el caso peninsular esto lo hemos vivido, muy especialmente, entre mayorías y minorías religiosas, pero en algunos casos, también, étnicas. Es este discurso de la diferencia que aflora en la Europa de la cultura en singular lo que tiene que hacer aflorar, como lo está haciendo en algunos círculos, el discurso de las culturas europeas en plural.

En lugar de fijarnos en los hechos históricos y repasar cronológicamente todo ello, nos queremos fijar en el resultado, en lo que nos ha quedado de todo aquello, porque al final, una cosa es la historia de expulsiones y guerras, y otra la historia social, la que refleja mestizaje y pluralismo. Por nuestras latitudes podemos visitar una mezquita con nombre cristiano, una sinagoga con arquitectura islámica o una iglesia que primero fue pagana. La arquitectura de nuestras poblaciones nos describen una identidad donde, de forma evidente, se hace muy difícil establecer cortes históricos o singularizarse desde un esencialismo nacional único, a pesar de los intentos de la ficción de la reconquista y la supuesta construcción nacional que se desprende de la misma.

Más allá de la arquitectura, la gastronomía o las propias tradiciones, lo que más ha identificado las culturas peninsulares (muchas veces identificadas con una cultura nacional), son, precisamente, las culturas surgidas desde los márgenes. La mezcla entre lo gitano, lo moro o lo judío que se tenían que esconder, ha dado como resultado unas culturas ricas y flamencas, como diría Antonio Manuel Rodríguez, el cual encarna en Federico Garcia Lorca el mejor ejemplo de lo que bebe del morisco reprimido, del gitano apartado o del marica escondido, es decir, de aquella evocadora etapa que llama flamenca. Unas culturas que confluyen, desde los márgenes, haciendo ver que son otra cosa, son las que permiten la creación de la cultura que luego se intentará vender, como la nacional.

Muchas veces hemos visto como en Cataluña, este hecho, al no tener una arquitectura que nos lo recuerde a diario, ha quedado aún más escondido, pero siempre me gusta recordar como un elemento clave de una tradición tan nuestra como son los castellers, tiene una palabra de origen árabe. Sí, el enxaneta, tal y como recuerda la arabista Dolors Bramon, aquel o aquella chica que indica si un castillo ha sido cargado o no, proviene de una palabra árabe. Y así podríamos poner ejemplos sin parar. Como algo tan catalán como hacer sábado, lo que quería dejar meridianamente claro era que siendo sábado estábamos trabajando, para demostrar que no somos judíos, cuando, seguramente, si tanto lo teníamos que demostrar, era porque la familia no tenía unos orígenes muy claros . Por no hablar de las palabras calé o de la rumba catalana.

En definitiva, Europa, en estos momentos, como todo occidente, se encuentra en un cruce donde podemos apelar a unos esencialismos culturales falsos y erróneos, o reconocer que somos consecuencia de la mezcla, en nuestro caso, principalmente del Mediterráneo, pero sumando conquistas y repoblaciones centroeuropeas de forma regular (godos o franceses tras las expulsiones, por poner sólo dos ejemplos). Somos, en definitiva, un mestizaje que cuando seamos capaces de aceptarlo, seguramente nos hará más ricos culturalmente, la interculturalidad no es una utopía, a nivel social se ha aplicado de forma prácticamente ininterrumpida, a pesar de que desde el poder, siempre, siempre, nos han señalado, sólo, la diferencia, y nos han hecho creer que lo mestizo, era esencialista, de origen remoto y por tanto, invariable.

Gabino Martinez Muñoz

Bibliografía recomendada:

Antonio Manuel Rodríguez (2010) La huella morisca. El Al Andalús que llevamos dentro. Editorial Almuzara, Córdoba

Dolors Bramon (2017) Moros i catalans. La història menys coneguda dels sarraïns a Catalunya. Angle Editorial, Barcelona

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