La vida rural


Català

El museo de las herramientas. El museo del molino. A veces tenemos atravesados ciertos tipos de temáticas, de tipologías. A mí me pasaba, y me pasa, con los museos etnológicos, que me dan pereza. Esto de ver las hoces y las cacerolas de la abuela me tiende a aburrir.

Ahora, sin embargo, me comeré estas palabras con patatas -hechas en un horno del XIX, jeje- porque hace poco fuimos a la Espluga de Francolí, al Museo de la Vida Rural. ¡Y muy bien!

Teníamos muchas ganas de ir, porque últimamente hacían un montón de actividades.
Se trata de un edificio contemporáneo, inaugurado en 2009 y hecho por el arquitecto Dani Freixes. El museo tiene una parte más moderna, y otra decorada con pinturas murales que representan las diversas tareas de la vida en el campo.

¡Entramos! Dentro atraviesas un recorrido temático por el pasado, presente y futuro, sobre todo como era la vida en el campo. Muestras de los trabajos que se realizaban antiguamente, la mayoría alejadas de la mecanización. También mostrando que pasa hoy en día con nuestra comida, nuestros cultivos, y reflexionando para saber hacia qué camino está yendo el sector primario de nuestro país.

En el museo nos encontramos ante los cambios que ha sufrido el trabajo en el campo: la entrada de la tecnología, pero también el cambio de mentalidad que ha llevado a muchos jóvenes a abandonar la tierra para ir a la ciudad. Con este diálogo campo-ciudad, tan antiguo como nuestra historia.

El cambio de siglo -el corto siglo XX, como decía Hobsbawm-, la llegada de los descubrimientos eléctricos proporciona un cambio categórico y transforma el mundo del trabajo y, en consecuencia, la sociedad. Esta transformación es palpable el recorrido del museo; una tecnología que todavía hoy sorprende. El museo es muestra de esta tecnología, tanto en los cambios en el trabajo como en la propia museografía.

La museografía, pues, juega con las tradicionales escenas domésticas, tales como una cocina con todos sus utensilios, con los espacios y los utensilios agrarios; junto con otros modelos más modernos, tales como cajas de luz, vídeo-intsalaciones o infografías.

The Dust Bowl

La exposición temporal, además, es una original reflexión sobre cómo el mundo cambia a peor por culpa, precisamente, nuestra. The Dust Bowl habla del malgasto de la tierra, y de aquellas primeras personas que empezaron a plantearse un futuro diferente para el planeta: más ecológico, más natural. “La cuenca de polvo” hace referencia a las grandes llanuras norteamericanas que fueron, en los años 30, el escenario de un mini cambio climático aterrador. Colonos llegados de todo el país se establecieron. Mataban los Bisson, llevaron los propios cultivos, masacraban la naturaleza a su paso.
El abuso del medio había llegado a extremos tales, que era la propia naturaleza quien los hacía fuera. A ellos que habían conquistado el oeste a los indígenas. La tierra prometida los expulsaba, los dejaba sin alimento, los llenaba los ojos de polvo -un poco como interestellar, con ese aire contaminado del principio del film, y también como The Simpsons, cuando en caravana y se ríen de Lisa Simpson, por querer comer manzanas de los árboles, en lugar de ir matando indiscriminadamente a los toros.

 

 

Un desastre climatológico por culpa de los hombres. ¿Qué había pasado? La poca conciencia climática que había, sumado a una concepción del mundo creacionista -Creo que Dios haría llover en aquellas zonas una vez ellos estuvieran establecidos-, y de explotación, produjo la respuesta de la naturaleza. Menguante las cosechas, malas producciones debido a la falta de agua y la poca fertilidad de la tierra, debido, a la vez, por la extinción de especies y la rotura de la cadena alimenticia. Los procesos invasivos y poco conscientes con la naturaleza convirtieron la situación en insostenible. Y huyeron.

Estos refugiados climáticos fueron fotografiados por Dorothea Lange, que siguió las familias que huían por la carretera hacia los valles de California, buscando un futuro mejor. Tenemos algunas a la exposición, donde podemos ver cómo quedaban las casas, como eran los carros para transportar toda la familia, y las caras de preocupación de la gente que se iba de su hogar.

 

Un desastre humano y ecológico, que convirtió toda la gente que vivía en refugiados climáticos. Esta palabra nos puede sonar extraña, pero fue un hecho y es una palabra que cada vez el sentiremos más, si no detenemos el cambio climático.

Puede ir hasta el 30 de junio.

Guiomar Sánchez Pallarès

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