Argel con los ojos del alma


Català

Dicen que viajar te hace crecer, te transporta a tu interior más profundo y al de los demás, con una sola sonrisa, a entender que eres vulnerable y libre a la vez, a leer miradas sin palabras que quedarán para siempre dentro de ti, ver más allá de uno mismo y sentir la adrenalina que genera el ser extranjero fuera de tu área de confort, a comprender que cuando viajes creas y nacen de ti y de los demás, cosas extraordinarias y aunque las acaricies, acaban muriendo golpeadas por otros instantes, pero lo importante, es el aprendizaje que haces mientras buscas en tu interior respuestas a mil preguntas que te has hecho. Viajar, te coloca en el camino de los momentos de la vida, aquellos que se alimentan del recuerdo y te empujan a avanzar por allí donde depositas la esperanza.

Estimadas lectoras y lectores, todo esto, es lo que nos ha regalado Argel, capital de Argelia, el país más grande del continente africano, con una sutileza respetuosa, de manera tierna y delicada, sin esperar nada a cambio, como sus habitantes, como Rachid y como muchas otras personas que nos han acompañado, así, de repente y en momentos, en esta aventura viajera desde el alma, por qué esto ha sido la sensación que nos ha dejado el paso por esta maravillosa y caótica ciudad.

¿Sabéis? En Argel no es fácil cruzar las calles, ciertamente, los coches inundan las avenidas de la ciudad colonial como quien devora la vida, con ganas y a un ritmo acelerado, sin apreciar la belleza de los impetuosos edificios coloniales de estilo napoleónico y Haussmaniano, claro que todo cambia si vamos a la Casbah, la ciudad islámica, donde los bailes de los hombres invaden las calles laberínticas de estructura magrebí a tono de animadas melodías tocadas por la rajta (instrumento de viento), donde comercios pequeños, venden dátiles suculentos y dulces de miel, armonizados por el sonido de las abejas que la festejan y las casas bañan de color blanco, sus fachadas mediterráneas, haciendo que Argel sea la blanca.

Boulevard Zighout Youcef, camino de la Alcazaba. Foto propia

A medida que vas avanzando por la ciudad, te encuentras con grandes monumentos como el de los Mártires, donde desde allí, puedes coger un teleférico y disfrutar de las vistas y de una magnífica puesta de sol, reflejada en el mar Mediterráneo , que abraza los paseos de los amigos que llenan de risas y diversión el largo bulevar Zighout Youcef, caracterizado por los edificios de estilo neo árabe como la Wilaya de Argel o el edificio central de la Grande Poste, donde todo comienza.

Edificio de la Grande Poste. Centro de la ciudad. Foto propia

Con poco tiempo nos damos cuenta de que Argel es una ciudad llena de historias de mil y una noches de estrellas, donde las miradas entre enamorados van más allá del té de menta y el tcharak (tipo de pasta dulce con almendras) compartidos en las cafeterías de la ciudad, donde en cada rincón inesperado, el olor de las flores de los jardines que hay, impacta en todos tus sentidos, despertando una sensación extrema de frescura, paz y estabilidad que estorban a la que te descuidas, las bocinas de las motos que suenan constantemente, por inercia, una vez arrancan su motor. Donde los colores del arte islámico que encontramos en las grandes mezquitas iluminan el objetivo fotográfico que nunca perderemos, nuestros ojos.

Mosquee Ketchaoua. Dentro de la Alcazaba. Foto propia

Argel es sin duda, la ciudad de la hospitalidad, donde el turismo no se conoce y por tanto, sus encantos se mantienen como la autenticidad y el carácter de su gente, amable y cercana, curiosa y placenteramente exagerada, donde las vivencias toman sentido a la vida, donde todo tiene olor a miel, sabe a dulce y amargo a la vez – como la mixtura que rige la ciudad- y vista de mil colores. En Argel la libertad impulsa las alas de las golondrinas una media tarde de primavera.

¿Me guardáis un secreto? Resulta que allí, no hay nada más importante que el hoy y el ahora, este es el visado que te piden para poder entrar en el país, por eso os digo que vayáis , id y vivid todo lo que sintáis!

Árbol de dentro del Museo de Arte Islámico. Foto propia.

Ariadna Reverté Callarisa

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