Peines y conchas


Català

Las playas en invierno. ¡Oh, sí! El encanto mágico y casi fantasmagórico de pasear por una playa desierta. La arena fría y húmeda en los pies, el viento retorciéndote el pelo. Como aquella canción de Ivan Ferreiro, Turnedo.

Hoy os queremos hablar de una de estas playas que incluso en verano son frías, la playa de la Concha de San Sebastián-Donosti.

La bahía de la Concha consta de 1.350 metros de playa, al lado del Monte Urgull, ¡el de la canción de la Oreja de Van Gogh! y desde 2007 es uno de los ’12 tesoros de España’ (datos de la Wikipedia).

Nosotros estuvimos hace poco y hoy os traemos algunas fotografías de la bahía de la Concha, y en especial de una de las instalaciones más conocidas, de uno de los más reconocidos escultores vascos: El peine del Viento de Eduardo Chillida.

Alguna vez hemos hablado aquí de escultura vasca, sobretodo de la mano de Jorge Oteiza. Quizás por el tipo de sociedad, por el paisaje o por el clima, la escultura vasca forma parte de un estilo propio y característico de una serie de autores de finales del siglo XX.

Los materiales cotidianos, como son el hierro o el acero, en lugar de materiales nobles como podría ser el mármol, la búsqueda del movimiento y de la forma, y el acercamiento a la naturaleza, son algunos de los elementos clave no sólo de la producción de Chillida, sino de todos estos escultores que decíamos. Antes de su obra más reconocida trabajó con una serie ya llamada peines del viento, concretamente se encontraba experimentando con un trabajo que fue desde 1952 hasta 1999 con unas 23 esculturas y obras en papel, en busca de este elemento natural, de esta fuerza que incluía dentro del material propiamente escultórico.

Lo que encontramos cuando caminamos por la bahía de la Concha es un grupo escultórico que va moviéndose mientras nos vamos moviendo, es esta percepción espacial que cambia al desplazarse a ellos. Encontramos tres esculturas que no sólo juegan con nuestra vista, también lo hacen con el viento, que entra por en su vientre y sale, como una especie de animal mitológico, y con la propia montaña, que se tiñe del propio color, como una extremidad más, el paisaje que se dibuja híbrido.

Cuando llegas al final de la bahía, y te encuentras frente a frente con los tres elementos, te das cuenta que no son tres, que son más: es el aire, el agua, la luz que se cuela por la acero, es un chorro de aire que te sube por debajo del vestido. ¡Literalmente! Abajo nuestro hay unos espacios vacíos donde, con la fuerza de la ola, con el ruido del viento, entra aire desde el mar y lo saca a presión a nuestros pies.

 

El agua, la roca, el viento. La ola que choca, nos salpica. Se crea un ambiente casi mágico. El punto exacto, tal vez, entre la humanidad y la naturaleza, lo hecho por los hombres y las mujeres, y lo que nace y renace con la propia fuerza natural. Creemos que debería volver a visitarlo! 😉

 

Guiomar Sánchez Pallarès

 

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