Europa late a ritmo de fado


Català

Con una postura calmada y a una semana y poco de distancia, hablamos de Eurovisión. Eurovisión quiere decir caspa, generalmente. A veces espectaculo, y eso es lo que más gusta. Un poco antediluviano, como las Bienales (ahora que justo se ha inaugurado la de Venezia, y ha resurgido el eterno debate de si en un mundo globalizado como el nuestro tienen cabida la separación por países, la pulsión nacional en un espacio mundial). Ai, ¿Estoy comparando la Biennale con Eurovisión? ¡Encerradme!

El caso es que este año, como siempre, teníamos un festival lleno de vestidos, coreografías, cromas que atraviesan el espacio-tiempo, pero debemos decir cuan importante es que Salvador Sobral haya ganado, porque Salvador nos ha salvado a todos.

Antes de nada, escuchémosla de nuevo:

Hay quien dice que Portugal no tenía que ganar porque no era una canción eurovisiva (y para nada lo es) con una performance sobria y aburrida. Pero de hecho no es así: esta falta de puesta en escena ya es en sí una puesta en escena, un reclamo, un grito a curiosos que, en medio de la fiesta eurovisiva, miran la televisión y, ¡pum! Hay un tipo, allí completamente solo, pensamos. Ya tenemos la retina clavada, la curiosidad a punto.

Salvador Sobral, alma de cantautor, intelectual (era el único que salía en una librería en el vídeo de presentación), con una camiseta de Refugees Welcome -que no le dejaron poner más que en la rueda de premsa-, cantando una canción de amor en portugués, su idioma, con un problema cardíaco y a la espera de un trasplante de corazón. Conjunción de efectos. Es un poco cínico, pero es así.

Entonces, ¿Europa votó en masa Portugal por pena? ¿Por sentirse solidaria? Sí y no. No conscientemente, al menos. Lo que sí está claro es que no puede ser casualidad que el año anterior hubiera ganado Ucrania con una canción en ucraniano, su idioma, de nuevo, hablando de problemas de sus ancestros en un conflicto con Rusia. Parece que Europa se sienta obligada a votarlo para demostrar esa solidaridad. ¿Es quizás así como Europa se limpia la memoria? ¿Votando una vez al año una canción tristona con la que auto-engañarnos?

Pobrecitos europeos que nos dan pena los refugiados pero no queremos dar asilo. Eurovisión es nuestra válvula de escape. Las dos caras de la moneda. Nos convertimos en uno de solo, un conjunto de ciudadanos del mundo por donde corre libre la hermandad y la armonía. Y votamos porque nos creemos solidarios. Somos solidarios cuando en la edición pasada votábamos en masa a Ucrania (como ya hemos dicho) porque la cantante ponía de relieve una historia de éxodo, de trashumancia, de refugiados. Así nos sentimos refugiados ante los Estados que no hacen nada, delante de una mayoría que durante el resto del año solo se mira el ombligo.

Ucrania, 2016

Eurovisión o Eurovision Sogn Contest nace el año 1956 dirigido por Marcel Bezençon presidente de la UER (Unión Europea de Radiodifusión), siendo el programa más antiguo de la televisión -recibiendo el Premio récord Guiness el pasado 2015- Empezó como una especie de Festival de San Remo a nivel europeo, y poco a poco ha ido aumentando hacía dimensiones estratosféricas. De hecho, como dice la Wikipedia, “en esos días una transmisión simultánea a varios países era un proyecto muy ambicioso“. Pasó de ser la pátina folclórica de cada país a desvelar los primeros frikismos y, ahora, es uno de los eventos Pop del año. Y no solo eso, otro tema importante es que se ha creado toda una mitología alrededor del festival, convirtiéndose en algo así como un evento Pride a nivel europeo, en países donde normalmente la homosexualidad es un tema tabú.

Por otro lado, no faltan dramas, como por ejemplo el tongo que hubo con el representante español de este año, o el enfado del representante rumano, que consideraba que la actuación de Portugal había sido todo un teatro para ganar dando pena, como suele pasar en muchos programas de talent show que vemos por la televisión.

La fórmula perfecta para ganar Eurovisión cada vez se difumina más en medio de todas las actuaciones, la purpurina y los vestidos ajustados. Yo conté ocho vestidos de novia, mínimo. Cada vez más tecnológico. ¿Qué pasa? ¿La caspa y el frikismo ya han pasado a la historia? ¿Quizás es lo que queríamos? Yo miraba Eurovisión esperando “disfrutar” de locuras folclóricas, y las hemos visto, pero más sutiles. ¿Se ha convertido Eurovisión en un festival de música serio?

Y otra pregunta: ¿realmente nos creemos el discurso de que ha ganado la música por encima de la escena pop superficial? O es que quizás nos interesa a la Europa rancia que de vez en cuando aparezcan personajes así, que nos liberen de la presión y los conflictos foráneos?

No sabemos mucho de nosotros mismos hasta que no vemos lo que votamos, en todos los aspectos del término.

Para acabar os dejo Italia, mi preferida 😉

Guiomar Sánchez

Portada: Festival de Eurovisión del año 1966, con la representante holandesa Milly Scott.

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