Los libros que no me leí por Sant Jordi


Català

Como cada año, bajo a la Rambla a ver el ambiente de la fiesta de este día patrimonial nuestro. La Rambla está llena a reventar, gente que pasea, gente que compra rosas, gente que compra libros. “Debemos estar orgullosos de tener un día dedicado al amor y la literatura”, pienso. Pero a medida que voy bajando, voy cambiando de opinión.

¿Qué significa todo este revuelo político y asociativo? ¿Qué son estas plantas que regalan en nombre de la patria? Mejor no me lo miro tanto y sigo bajando, que pronto llegamos a las paradas de libros. ¡Qué bonito es ver como la gente compra libros! Qué contentos deben estar los autores, ¿no? Quizás hoy, con las ventas, el 10% que reciben les da para tener un sueldo digno.

Este mes, porque esto no pasa todos los días. ¿Y las tiendas? Ellas sí que hacen el agosto. Pero claro, ¿de qué sirve vender tanto un día si el resto del año tienen que tirar de los beneficios de hoy? Y eso si tienen la suerte de recibir las comandas que han hecho, pues las grandes empresas de venta de libros adquieren los stocks y dejan los pequeños libreros independientes sin parte de los libros más demandados.

Sin embargo esto, la gente compra y lee mucho. “¿Que tienes el libro del tío este que sale en el programa ese?”, oigo decir, y mi corazón se para durante un segundo. ¿Quieres decir que la gente compra libros que no calificaríamos de literatura? No, no, me niego. Me acerco a la primera parada, bien grande, bien guapa, y mis ojos empiezan a sangrar. ¿Qué son todos estos títulos largos y nombres raros con caracteres nórdicos? No conozco a nadie.

¿Dónde están los libros buenos de los nuevos autores catalanes? Estos de los que todo el mundo habla, ¿o es solo en mi ambiente? Busco, reviso, y no los encuentro. Finalmente, casi escondidos detrás de los cómics —suerte que nos quedan los cómics—, encuentro una pequeña sección con todo de libros escritos en nuestra lengua. Observo y veo uno que tiene el premio ese que también le dieron a a esa que es hermana de uno que todos conocemos. Ese libro tan malo que me compré hace un par de Sant Jordis con la esperanza de que un premio con nombre de padre de la Literatura Catalana —en mayúsculas— fuera bueno. Y no.

Y aquí tenemos el segundo del tipo ese que todo el mundo decía que era tan bueno en las redes sociales y que al final lo leí para poder criticarlo. Saco mi lista, la lista con una novela, un ensayo, un poemario y una recopilación de cuentos, y empiezo a buscar. No, no, aquí no. ¿Ni siquiera el poemario de aquél cuyo centenario celebramos este año? ¿Qué me dices? Cabizbajo, con libros que no acabo de saber por qué he comprado vuelvo a casa y los dejo en la estantería junto al resto de libros que compré en otros Sant Jordis y que nunca voy a leer.

Me siento en el sofá y enciendo la tele. Récord de ventas, gran día para los libreros, colas para firmar el libro del político o deportista de turno, muchas rosas y mucho amor. Suspiro. Al menos sabemos hacer tele y hacernos creer que somos un país culto, aunque solo sea un día al año.

Federico Merino

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