Instagram vs. Arte


¿A quién pertenecen las fotografías que subes a Internet? Según las condiciones del servicio de Facebook ellos pueden hacer uso gratuito de cualquier imagen que cuelgues en sus redes sociales, aunque no las venderán a terceros. Por lo tanto, con conocimiento de causa o sin él, estás renunciando a los derechos totales de tus propias imágenes. ¿Y qué pasaría si alguien decidiera utilizar estas imágenes? Sin un control total sobre los derechos de imagen, ¿puedes realmente solicitar una queja formal?

Todo el mundo debería ser consciente de que todo lo que se publica en Internet deviene propiedad pública o de uso colectivo, pero al mismo tiempo deberíamos encontrar una manera para poder controlar el uso ilícito que alguien pueda hacer de ese contenido.

El robo de identidad es probablemente uno de los delitos más fáciles de cometer fruto de esta tendencia (aunque apropiarse de la identidad de alguien para obtener beneficio o por simple diversión era ya una forma de fraude mucho antes de que se inventara Internet).  Las redes sociales de hoy en día simplemente facilitan el proceso y lo hacen más difícil de detectar. Un claro ejemplo sería el caso de Leah Palmer, una chica que supuestamente empezó una relación on-line a distancia, toda basada en el estilo de vida que mostraba su perfil de Instagram. Una lástima que realmente no existiera y que las 900 fotografías publicadas en su cuenta entre 2012 y 2015 pertenecieran a una mujer casada residente en Dubai. Simplemente tan espantoso como puede sonar el hecho de descubrir que alguien está fingiendo vivir tu vida. Al menos en este caso no se estaban lucrando con ello.

Más indignante sería descubrir que una de las fotografías que colgaste en tu Instagram se ha vendido a la Frieze Gallery de Nueva York por $90.000. Esto es lo que ha sucedido con New Portraits, una de las exhibiciones más recientes de la obra de Richard Prince. Nacido en 1949, este pintor y fotógrafo americano ha sido siempre conocido por sus polémicas refotrografías: el uso y mínima alteración del trabajo de otra persona para crear el suyo propio, dando todo un nuevo significado y expresión a la imagen original.

 Patrick Cariou photographs of Jamaican rastafarians altered and exhibited without consent by Richard Prince. Photograph: Canal Zone through The Guardian
Fotografías de Patrick Cariou alteradas y exhibidas sin consentimiento per Richard Prince. Fuente: Canal Zone a través de The Guardian

La apropiación artística no es nada nuevo. Con los ready-mades de Marcel Duchamp como punto de partida, grandes nombres del Arte Contemporáneo como Andy Warhol o Damien Hirst han utilizado obras previas para sus propias creaciones, con pocos cambios o incluso sin ninguno en absoluto.

Sin embargo  han habido también referentes jurídicos de esta problemática como es el caso de Jeff Koons, quien en 1992 defendió su copia de una fotografía y obligó a establecer un procedimiento legal para afrontar las batallas jurídicas de derecho de imagen artístico. Este caso también sirvió como referencia cuando Richard Prince tuvo que defenderse en un juicio por una infracción de copyright contra Patrick Cariou, las fotografías rastafaris de quien Prince había alterado ligeramente para su exhibición en la Gagosian Gallery. Prince ganó el caso en segunda apelación ya que la obra fue considerada suficientemente transformativa.

Pero cuando “el rico hombre blanco” (tal y como Anna Collins, uno de los sujetos artísticos a Instagram de Prince, lo etiqueta en una entrevista con Business Insider) roba el trabajo de aquellos que a duras penas se pueden llamar artistas a ellos mismos y tienen poca o ninguna voz para presentar batalla, ¿qué sentido tiene adentrarse en un proceso legal? El artista rico está sacando beneficio a base de mínimamente modificar la obra de otro artista, que muy probablemente necesita el dinero más que él. La clave pues está en el dinero. ¿Es el uso de las imágenes el que acaba siendo insultante o realmente es el beneficio económico que se pueda sacar de ello? En las redes sociales estamos muy familiarizados con conceptos como re-post, re-blog o re-tuit; todos ellos representan una manera consentida de utilizar imágenes ajenas, de la misma forma que Richard Prince lo esta haciendo con su nueva colección.

Lo que marca la diferencia es que en este caso, él se está literalmente “forrando”, pero es así como funciona el artista contemporáneo: coge un elemento que le gusta, lo adapta a su estilo de trabajo (que ya es la apropiación en sí) y al darle un nuevo sentido y contexto, gracias a su trayectoria previa, puede ser comprado por precios astronómicos.

Ser comprado aquí es diferente de vender, pues en el mundo del arte una obra solo vale lo que alguien esté dispuesto a pagar por ella. SuicideGirls, una de las cuentas de Instagram de donde Prince ha robado un número considerable de imágenes, ha seguido el juego aprovechando la oportunidad de vender las “versiones originales” impresas a $90 y destinando los beneficios a la caridad. La substancial diferencia de precio es solo el resultado de la diferencia en cuanto a fama se refiere dentro del mundo del arte, pero en cierta forma se están copiando mútuamente las unas a las otras. Richard Prince utiliza sus imágenes mientras que las SuicideGirls roban el estilo de presentación de estas imágenes. De la misma manera que Prince no tendría su obra sin estas fotografías de Instagram, las SuicideGirls no habrían obtenido beneficio alguno (en este caso sin ánimo de lucro) de no ser por Prince y su idea de convertir las imágenes en grandes versiones impresas y venderlas.

Twitter feed from MissySuicide, one of the SuicideGirls
Twitter feed de MissySuicide, una de las SuicideGirls

Pero, ¿y si te hubiera pasado a ti? Quizás te sentirías orgulloso de que un artista famoso hubiera considerado tu fotografía suficientemente buena como para convertirla en una obra de arte de miles de dólares; o quizás estarías furioso de que un desconocido se estuviera enriqueciendo a tu costa.

Ricard Gispert

@ricardgispert

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