El origen del SIDA: La última gran pandemia del siglo XX


El SIDA (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida) es la enfermedad resultante de la infección avanzada por el virus VIH (Virus de la Inmunodeficiencia Humana). El VIH se caracteriza por atacar y destruir una parte importante del sistema inmune (las llamadas “defensas”): Los linfocitos CD4, que son los directores de orquestra de la respuesta del cuerpo contra los gérmenes. Sin estos directores, el cuerpo queda expuesto a multitud de infecciones que en condiciones normales seríamos capaces de controlar y no nos harían ningún daño.

En un primer momento, el infectado por el virus manifiesta una serie de síntomas iniciales. Posteriormente, las defensas consiguen un control parcial de la infección, y ésta pasa a ser mínimamente expresiva durante un tiempo, que suele ser alrededor de 8 o 10 años pero puede variar en cada individuo. Finalmente, si la infección sigue sin tratarse, los linfocitos CD4 disminuyen por debajo de un número crítico, punto en el que la persona infectada pasa a tener el SIDA propiamente dicho, y las ya mencionadas infecciones oportunistas empiezan a hacer estragos en el enfermo hasta provocarle la muerte. Afortunadamente, desde finales de los noventa el curso de esta devastadora enfermedad se ha podido modificar, gracias al tratamiento conocido como TARGA (Terapia Antirretroviral de Gran Actividad), una combinación de fármacos que permite que el individuo se mantenga infectado por el virus, pero sin llegar a desarrollar el SIDA y permitiendo que se trate de una infección crónica en vez de mortal, siempre y cuando la persona siga el tratamiento correctamente y el virus no se haga resistente a él.

Paciente afectado de Sarcoma de Kaposi. Fuente: dermatoweb.net
Paciente afectado de Sarcoma de Kaposi. Fuente: dermatoweb.net

Pero en los años ochenta del siglo pasado este objetivo parecía lejano e inalcanzable. Se calcula que a principios del siglo XX el virus saltó de los primates a los hombres en África (probablemente en el Camerún o en la República Democrática del Congo). Desde allí el virus llegó al resto del mundo a mediados del siglo XX, pero no fue hasta 1980 que una serie de casos seguidos y agrupados llamó la atención de los médicos: En Los Ángeles, cinco jóvenes homosexuales enfermaron de neumocistosis, una neumonía causada por un hongo inofensivo en la población general. Pronto, el 1981, otros jóvenes homosexuales fueron diagnosticados en Nueva York de un cáncer de piel muy raro, el Sarcoma de Kaposi. Otros casos surgieron en estas y otras ciudades: fiebres, diarreas crónicas, ganglios agrandados por todo el cuerpo, infecciones parasitarias… Y todos ellos, inexplicablemente, tenían en común los niveles bajo mínimos de linfocitos CD4, los directores de orquestra de la respuesta inmune. ¿Qué hacía que aquellos jóvenes previamente sanos experimentaran aquella gran bajada de defensas?

Enseguida, los investigadores del Center for Disease Control and Prevention (CDC), pusieron manos a la obra para buscar qué puntos en común podían tener las personas enfermas. ¿Se trataba de una enfermedad transmisible? Si así era, ¿por qué mecanismo podía transmitirse y qué protección requería adoptar? ¿Tenía relación con el nitrito de amilo (conocido como poppers), una droga utilizada por algunos colectivos para incrementar el placer sexual? A través de entrevistas exhaustivas con los afectados, las conclusiones fueron que éstos últimos habían tenido hasta diez veces más contactos sexuales en comparación con individuos no afectados. La hipótesis de una enfermedad de transmisión sexual ganaba terreno, y era probable que un virus fuera responsable de ella. A falta de poder encontrar, aún, un culpable, se denominó aquel síndrome como GRID (Gay-Related Immune Deficiency, o inmunodeficiencia asociada a la homosexualidad). ¿Por qué la comunidad homosexual era la más afectada por la enfermedad en aquel momento? Probablemente por una suma de factores, resultantes de la revolución sexual sucedida en Estados Unidos durante los años 60 y 70. Las bath houses, locales donde los contactos sexuales eran múltiples entre desconocidos, habían proliferado en ciudades como San Francisco. Además, el descubrimiento de la penicilina en los años 40 había permitido curar con tan sólo una inyección enfermedades previamente muy invalidantes como la sífilis. Esto había derivado en, probablemente, una disminución de la conciencia del riesgo.

Sea como fuere, pronto surgieron casos distintos: Toxicómanos, mujeres y hombres heterosexuales y enfermos de hemofilia. Estos últimos requerían de transfusiones de productos sanguíneos de forma regular, y era obvio que habían contraído la enfermedad por vía sanguínea, partiendo de donantes infectados. La hipótesis del virus ganaba fuerza, y además, significaba que la enfermedad iba más allá de colectivos estigmatizados y culpados: Podía afectar a cualquier persona. Por triste que parezca, este hecho acabó de convencer a algunos ámbitos de la comunidad científica a la hora de incrementar sus esfuerzos y recursos destinados a la investigación de la enfermedad. El nombre de GRID ya no tenía sentido, así que el 1982 se adoptó la denominación de SIDA.

El 1983 Robert Gallo y Luc Montagnier, virólogos americano y francés respectivamente, iniciaban una carrera para conseguir aislar el misterioso virus, con una victoria final para Montagnier y su equipo del Instituto Pasteur. Se había demostrado el papel causal del VIH en la SIDA. Pero lo que era verdaderamente importante era encontrar un fármaco que atacara específicamente el virus y sus engranajes: los enfermos de SIDA morían uno tras otro, sin ninguna cura o esperanza posible para ofrecerlos. Rock Hudson, el famoso actor de Hollywood, había recibido inyecciones de una sustancia llamada HPA-23 sin éxito y moría poco después. Tampoco tardaron en salir estafadores que prometían un remedio rápido y caro. Pero la clave del cambio fue el AZT o zidovudina, un fármaco extraído del esperma de arenque que inhibía el enzima clave del virus para realizar su función. Con tal de poder demostrar su efectividad, su falta de toxicidad y aprobarse como tratamiento de la infección, hacían falta teóricamente diversas fases y años de ensayos clínicos. Aún así, resultaba muy difícil no utilizar un medicamento de manera universal cuando la sensación era que funcionaba… y muy bien. Muchos enfermos presentaban una recuperación espectacular de sus defensas en poco tiempo. Gracias a esto y a la presión mediática, el 1986 y en un tiempo récord de aprobó la comercialización del AZT. A partir de este punto empezó un nuevo capítulo en la historia de la enfermedad, aunque aún harían falta años para frenar la mortalidad del SIDA y reducir la fuerte discriminación y culpabilización que sufrían los enfermos.

En naranja, casos de SIDA en Cataluña (1981-2013). En lila, casos de nuevas infecciones por VIH. Fuente: CEEISCat, Generalitat de Cataluña
En naranja, casos de SIDA en Cataluña (1981-2013). En lila, casos de nuevas infecciones por VIH. Fuente: CEEISCat, Generalitat de Cataluña

Actualmente, la aparición de nuevos casos de infecciones por VIH se mantiene estable en Cataluña, mientras que los casos de SIDA han disminuido claramente, demostrándose el papel clave del tratamiento farmacológico. Los grandes retos en la actualidad son disminuir los nuevos casos por medio de, principalmente, el uso del preservativo, así como frenar las resistencias que aparecen a los fármacos, frecuentemente derivadas de un uso irregular o inadecuado de ellos. Y no podemos olvidarnos de África, donde se concentran la mayoría de infectados y donde el SIDA sigue causando aún auténticos estragos por, muchas veces, la falta de acceso al tratamiento.

Anna Seguí i Grivé
@annagrive

NOTA: La fuente principal utilizada para el artículo es el libro “Más grandes que el amor”, de Dominique Lapierre. Consultarlo para más información.

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